El sistema parlamentario en México: una agenda de modernización pendiente
- Jose Manuel Campos Chávez
- 5 sept
- 3 Min. de lectura

El sistema parlamentario en México, entendido como el conjunto de órganos, normas y procedimientos que permiten la deliberación, formación y aprobación de las leyes, es un terreno que ha permanecido prácticamente intacto frente a los cambios políticos y sociales de las últimas décadas. Se trata de un campo que, lejos de fortalecerse, ha quedado remachado, atrapado en inercias que dificultan su adaptación a los nuevos tiempos.
La técnica legislativa es uno de los aspectos más urgentes de revisión. No basta con producir normas; es necesario garantizar que su redacción sea clara, coherente y aplicable. El país adolece de una inflación normativa que dificulta la certeza jurídica: leyes contradictorias, reformas fragmentadas y disposiciones poco comprensibles para la ciudadanía. Modernizar la técnica legislativa implica apostar por criterios uniformes, lenguaje accesible y procesos que aseguren la calidad, no solo la cantidad, de la producción legislativa.
En este proceso, el servicio profesional de carrera parlamentaria debe convertirse en un eje rector. La rotación política es natural en democracia, pero los congresos necesitan cuadros permanentes, capacitados y especializados que brinden continuidad técnica e institucional. Sin un cuerpo de profesionales sólidos, el Parlamento corre el riesgo de depender excesivamente de coyunturas políticas, en detrimento de la calidad de sus decisiones.
Asimismo, es indispensable reforzar los vínculos entre el Congreso de la Unión y los congresos locales. Hoy más que nunca, la agenda legislativa nacional requiere coordinación federalista: desde la armonización normativa hasta la construcción de políticas públicas conjuntas. Aquí, los centros de investigación legislativa juegan un papel fundamental como espacios de análisis, prospectiva y generación de evidencia.
Otro tema impostergable es el del cabildeo y la participación social. En democracias modernas, el cabildeo no debe entenderse como una práctica opaca, sino como un mecanismo regulado de diálogo entre representantes, sectores productivos y sociedad civil. El entendimiento con el pueblo, con académicos, con quienes manejan estadísticas y datos confiables, es vital. Porque lo que no se mide, no se puede mejorar.
La tecnología es también una palanca de cambio. Parlamentos abiertos, sesiones digitales, votaciones transparentes y consultas públicas en línea no son solo herramientas de moda, sino mecanismos que fortalecen la legitimidad y la rendición de cuentas. Modernizar implica utilizar la tecnología no únicamente como escaparate, sino como motor para lograr procesos legislativos más ágiles y eficaces.
Finalmente, el sistema parlamentario mexicano no puede permanecer aislado. La experiencia internacional demuestra que los parlamentos más efectivos generan sinergias globales, no solo en intercambios simbólicos, sino en acciones concretas y medibles: cooperación en materia de legislación ambiental, regulación digital, combate a la corrupción o fiscalización de recursos públicos.
Como bien señaló Jesús Reyes Heroles: «La democracia no se implanta, se construye.» Una frase que subraya la necesidad de entender la transformación parlamentaria como un proceso constante, cimentado en técnica y compromiso.
En la misma línea, Alexis de Tocqueville advertía: «La salud de una sociedad democrática puede medirse por la calidad de funciones que realizan sus ciudadanos.» Con ello queda claro que la modernización del Parlamento no depende únicamente de reformas normativas, sino también de una ciudadanía activa y de instituciones capaces de generar resultados verificables.
La modernización parlamentaria no es un lujo académico, sino una necesidad para la democracia. Sin ella, corremos el riesgo de perpetuar un Congreso que produce leyes pero no soluciones, que acumula reformas pero no resultados.
Es tiempo de abrir el debate y sentar las bases de un Parlamento moderno, profesional y cercano al pueblo.




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